Archive for Etnografía

Historias de vida: Dinora Campos

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Historias de vida: Manuel e Benjamín

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A casa, de onte a hoxe

Este é o traballo realizado polo alumnado de 3º da ESO do noso Colexio, dentro da materia de Ciencias Sociais, para participar no 2º certame Xentes, Espazos e Lugares convocado polo Proxectoterra e o periódico Xornal de Galicia. O tema escollido foi a evolución da casa rural e dos seus espazos interiores. A información tirouse das entrevistas que cada alumna e alumno lle fixo aos seus avós e pais.

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O liño

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La arqueóloga que salió del museo

La inglesa Anna Champeney recupera el oficio de los telares en la Ribeira Sacra

XURXO LOBATO / OMAYRA LISTA  –  A Teixeira
EL PAÍS – 24-04-2010

Anna Champeney (Norwich, 1969) ha heredado de las viejas tecelás de O Cebreiro un oficio que la agonía demográfica del rural gallego había condenado a morir sin descendencia. Experta en historia antigua y arqueología, con esta técnica ancestral se ha tejido una nueva vida en la Ribeira Sacra. En su taller textil de Cristosende (A Teixeira, Ourense) imparte cursos y elabora piezas de lino y algodón que comercializa a través de la red. Su objetivo es sacar la artesanía tradicional de los museos.
Ha apostado por darle futuro a un rural que comenzó estudiando como vestigio del pasado. Anna llegó a Galicia en 1989 en el papel de etnógrafa: “Un profesor me habló de las pallozas de Os Ancares y de su parecido con la Inglaterra de la Edad de Hierro, y decidí hacer un trabajo sobre las semejanzas entre ambas”. Llegó a Piornedo con una tienda de campaña y al volante de un Ford Fiesta, con una idea preconcebida de lo que iba a encontrarse que no se ajustaba exactamente a la realidad: “Yo quería venir en burro, pero al final me decidí por el coche y por traerme también a mi madre”. Se quedó cuatro semanas.

El trabajo de campo le sirvió de base para redactar un estudio titulado La representación de la vida rural en Galicia a través de los museos, cuando en 1993 hizo un máster sobre museología. “Los museos hacen parecer la vida cotidiana como algo distante y raro”, dice. Una beca de una fundación de estudios anglo-españoles le permitió repetir experiencia en 1995. Esta vez llegó en furgoneta y para establecerse en O Cebreiro siete meses. Trabajaba en la Hostería de Pilar para pasar el tiempo, ganar un pequeño salario y conocer gente. La taberna era su base de operaciones y convirtió a los veterinarios de la zona en sus informadores: “Ellos me ayudaban a localizar a los artesanos en las aldeas”. Así llegó hasta Liñares (Pedrafita) y conoció a Hermelinda: “Fue la persona que despertó mi interés por los telares. Me planteé un cambio de vida”.

De vuelta en Inglaterra, montó una exposición en el Museum of Rural Life de la Universidad de Reading con las piezas de artesanía gallega que había ido reuniendo. Consiguió que le renovaran la beca, y esta vez trató de desvelar el significado oculto en los dibujos de las colchas de telar, para averiguar si existía un lenguaje. “No llegué a ninguna conclusión”, reconoce.

Profesionalmente, se especializó en la organización de exposiciones de artesanía contemporánea. Así conoció a Lluis Grau, un catalán que había dado el paso de abandonar Barcelona por la vida rural y el oficio de cestero. Con esos mimbres, decidieron armar el resto de su vida.Quisieron empezar de nuevo en Galicia y, fascinados por el Canón do Sil, se quedaron en la Ribeira Sacra. En Cristosende descubrieron el lugar perfecto para montar su proyecto vital en torno a la artesanía. Compraron dos casas en ruinas: una como taller y la otra como establecimiento de turismo rural, A Casa dos Artesáns.

Con una beca del Centro de Artesanía de Lugo, Anna regresó a Liñares armada con un telar portátil para aprender el oficio de tejedora al lado de Hermelinda. Así se formó en la técnica de la felpa: “Es un proceso único, con más de 1.400 años de antigüedad, en el que cada bucle de felpa se saca con los dedos, y es el sistema más común en Galicia para hacer colchas”.

Tras años de formarse como museóloga, Anna quiere ahora sacar la artesanía de los museos y hacer piezas para vivir, no para exhibir. “Yo trato de partir de la manera tradicional y darle nuevos bríos”, explica. Se trata de cambiar la función del objeto, haciéndolo útil para la nueva sociedad, pero preservándolo como era. “La gente compra ideas y diseño: un saco para llevar la harina al molino puede guardar otras cosas”. Sus creaciones son ecológicas. Emplea como materia prima el lino y el algodón y los trata con tintes naturales. Y sigue estudiando. “Me interesa más la investigación en sí misma que la creación final; la artesanía es comunicar, crear, explorar”, asegura. Por eso dice sentirse diseñadora, no sólo artesana. “Me gustaría poder colaborar con el sector de la moda”.

Una conexión a Internet deficiente es su principal vía de acceso al mercado global y su ventana al mundo más allá de la Ribeira Sacra. En su web (textilesnaturales.com) vende sus creaciones y escribe un blog con su día a día, que va del telar a la tecla y de la tecla al telar. Anna quiere disfrutar y sentirse realizada. En su taller ofrecen cursos de fin de semana para aprender la artesanía de los telares y la cestería, al tiempo que los visitantes pueden disfrutar del Canón do Sil. A esta fórmula la han bautizado como “turismo creativo”. Sus deseos de revivir el rural se van cumpliendo: en su aldea de Cristosende, en el ayuntamiento más envejecido de Galicia, se han rehabilitado ya cinco casas.

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Ferrado, la medida imposible

La unidad gallega por antonomasia tiene 54 tallas diferentes dependiendo del municipio del que se trate. En Soutomaior mide 64 metros cuadrados y en Xove, 725

SILVIA R. PONTEVEDRA  –  Santiago EL PAÍS – 04-04-2010
Un emigrante ha puesto a la venta a través de Internet una finca de ocho ferrados. Dice que le da igual cobrarla en metálico, 40.000 euros, que llegar a un acuerdo con el comprador para permutarla por una “casita con finca” en la provincia de Buenos Aires, “a ser posible en costa de mar”. El hombre no especifica mucho más, quizás conoce la medida de la finca por boca de sus antepasados. Está “en la provincia de A Coruña”, añade, pero eso no ayuda demasiado para hacerse una idea, porque, por ejemplo, en Ferrol el ferrado mide 509 metros cuadrados; en Fene, 548; en Arteixo, 444; en Cerceda, 639; en Muros, 335; en Negreira, 528; en Boiro, 484; y en Aranga, 436.

La teoría más extendida entre los profesores de ingeniería agrónoma que gustan de estas cosas de la idiosincrasia es la de que el ferrado mide distinto dependiendo de la fertilidad de la tierra. El ferrado o tega era, en realidad, un recipiente de madera, originalmente puede que con ángulos de hierro, que medía el grano con el que el campesino tributaba a sus señores. Cabían entre 12 y 20 kilos, dependiendo del tamaño del cajón (los más pequeños, mitad de un ferrado, se llamaban escás) y de si lo que contenía era trigo, centeno, maíz o algún tipo de legumbre. Ferrado o tega, por extensión, se empezó a llamar a la superficie de terreno capaz de producir el cereal que cabía en el contenedor. En una finca ubérrima, de escasa extensión de tierra, se obtendría una cosecha mayor, y entonces el área del ferrado sería más pequeña. Y aunque lo cierto es que dos leiras vecinas pueden ser de calidad muy dispar, poco a poco las medidas se fueron estandarizando dentro de los señoríos.
Hoy, que la división es municipal, siguen perdurando diferencias entre las parroquias. Y entre los ayuntamientos muchas veces son abismales. Hay, en 315 municipios, 54 tallas diferentes de ferrado. A veces, se repite la misma cifra en lugares muy distantes (Sada o Guntín, 436 metros cuadrados; As Neves, Sarria, Castro de Rei o Catoira, 629) y hay términos limítrofes que no tienen nada que ver (Marín, 472; Pontevedra, 629; Soutomaior, 64).
Lo normal es que ronde entre los 400 y los 600 metros cuadrados, pero si en Soutomaior mide 64, en Redondela el ferrado está en 69; y en Fornelos de Montes y Pazos de Borbén, en 74. En la otra punta de la tabla, en Portomarín, mide 671; en Alfoz, Baleira, O Valadouro, Barreiros o Foz, 714; y en Xove y Cervo, 725. El ingeniero agrónomo Manuel Vázquez de la Cruz, experto en tratamientos fertilizantes, dice que estos datos de arriba desmontan la teoría de la fecundidad. “Porque precisamente la tierra de Fornelos de Montes es de las más pobres, con gran carencia de cinc, y la de A Mariña de Lugo, la mejor de toda Galicia”. “Quizás lo que ocurría”, sigue argumentando, “era que donde la tierra era más ruin los señores dominantes exigían cantidades menores de grano a sus labriegos”.
Olimpio Liste, padre de los museos etnográficos de Oseira y Vigo, atribuye las insalvables distancias del ferrado al “individualismo” de los gallegos. “Respecto a este tema no podemos afirmar nada, pero ahí está el encanto: Galicia es sugestiva porque es variada y el gallego es una expresión de libertad”. A finales del XIX, se impuso el sistema métrico decimal, pero en el rural se siguió y aún se sigue hablando de ferrados. O de copelos (20 o 21 metros cuadrados), en el caso de Celanova, A Bola y Arnoia. O Mintireiro Verdadeiro incluye todos los años una tabla muy abreviada de las “equivalencias del ferrado por concellos” y en Ribeira existe una inmobiliaria, O Ferrado, que le hace honor con su nombre, aunque para entenderse con sus clientes use el metro cuadrado.
El copelo, que se llegó a usar en casi todo Ourense, hace referencia al “derecho de agua”. Equivale a la superficie que es capaz de regar el caudal de la levada en determinado tiempo, en pleno verano, desde el amanecer “hasta que el sol proyecta la primera sombra de los pinos”, explica Liste. Del reparto del riego se encargaba el levadeiro, elegido democráticamente, que subía al monte a las dos de la mañana y acompañaba la bajada del agua hasta los cultivos abriendo y cerrando los tallos o compuertas.
Tras el descubrimiento de América, con el maíz y la patata también se empezó a hablar de besada. Era la superficie de agro que trabajaba en un día de sol el besadoiro, un arado muy grande tirado por 12 parejas de bueyes (300 caballos de fuerza). Cuando se concluyó que el besadoiro era más bien incómodo y no lograba las cosechas esperadas, también se dejó de medir en besadas.

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Pouco máis de catro mil feirantes traballan co carné da Xunta

15.03.2010 Galicia-Hoxe

As citas “de toda a vida” para comprar e vender gando perden folgos en Galicia, a pesar de que se manteñen aproximadamente 400 convocatorias mensuais

As batas escuras, os bastóns, as boinas e os apertóns de ma ns para pechar un trato nunha fei ra do mapa galego son imaxes cada día máis difíciles de ver. E é que cada ano son menos os lugares nos que se celebran feirais nos que se manteña a outrora puxante venda de gando.
Aínda que non existe ningún re xistro actual fiable sobre este sector, segundo os calendarios es­pecializados como O Mintirei ro verdadeiro ou o Zaragozano, dous de cada tres concellos galle gos manteñen as tradicionais feiras cunha periodicidade bimensual. Isto supón, en nú meros redondos, unhas catro centas feiras, mercados ou mer cadiños ó mes, repartidos por toda Galicia.
Na actualidade, en contadas destas citas mensuais se man tén a venda de gando, unha ac tividade na que a Xunta exerce o control veterinario en preto de sesenta concellos, en cuxos feirais aínda se comercia cos animais. A cifra serve para medir o nivel onde a actividade gandeira se resiste a morrer e aínda sobrevive nos tradicio nais mercados que se celebran na nosa xeografía.
Hoxe as transaccións de ga ndo concéntranse en conta das prazas e os xatos, porcos, ovellas e equinos caeron da maioría das feiras, que se manteñen reconvertidas en mercadiños, cunha importante actividade comercial, que move millóns de euros ó ano.
A pesar dese importante move mento económico que xeran estas convocatorias, non hai nin gún estudo serio que analice o potencial económico das fe rias en Galicia. Polo menos, Medio Rural, cámaras de comercio, concellos e a propia aso ciación de ambulantes de Galicia descoñecen o volume de nego cio deste sector e a existencia de traballos que o analicen.
A realidade é que moitas das feiras do calendario galego desapareceron xa polo des poboamento rural, sobre todo en Lugo e Ourense. Outras pervi ven, milagrosamente, reinventa das en mercado de barato e son as menos as que manteñen a puxanza de outrora, cando a fe ria era cita obrigada para boa parte da xente do campo.

Os polbeiros, o último signo de identidade
Nas catro provincias gale gas están acreditadas na ac tualidade, co carné que expe de a Xunta, pouco máis de 4.100 persoas como vendedores ambulantes. Son como unha tri bo nómade que cada día, co seu negocio ó lombo, se moven ós lugares onde se celebra unha feira ou mercado. Con eles van os polbeiros, o último sig no de identidade que se manté n invariable, desde hai déca­dás, nestas citas tradicionais.
E é que unha feira ou merca do do rural sen caldeiro de polbo “non é feira”, afirma Anto nio, un veciño de Monforte que non falla ás citas do 6 e o 24 de cada mes que aínda re sisten na capital de Lemos. Ambulantes e polbeiros son os que manteñen vivas unha fe rias nas que o comercio de gando foi substituído polos postos de abalorios.

EN PRIMEIRA PERSOA
“A crise nótase moitísimo”
“Son dunha familia de fei rantes e practicamente crecín e me criei no pos to de roupa dos meus pais, que agora levo eu”. Así se autodefine María del Pilar Jiménez, unha vende­dora ambulante da lo calidade ourensá da Rúa que pasa a súa vida na estrada. “A nosa vida non é nada fácil”, e recoñece que a crise que estamos atravesan do “se nota moitísimo”, porque “as carteiras non se abren como antes”.
“O éxodo rural acabou ca venda”
Antonio Méndez, que emparentou cunha fa milia de veteranos ferralleiros artesáns de Lugo que levan tres xeracións acudindo a vender ás feiras, suma xa ás súas costas tres décadas co mo ambulante. Con todo, Antonio re coñece que “hoxe, a venda de útiles agrícolas é testi muñal”. Engade “o progre sivo abandono do campo acabou coa demanda de apeiros de labranza, que hai anos era un filón”.

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