La infancia más antigua

Pontevedra recorre la historia del juguete a través 500 piezas, algunas de 1800
LARA VARELA – El País – 24/12/2009
Ser tan veloz como La flecha de oro, un bólido de hojalata del año 1930, bajar las cuestas de tierra en carricoche, volar sobre zancos de madera o darle brío a las auténticas tabas de huesos de cordero… El Museo de Pontevedra ofrece hasta el 10 de enero un paseo por la infancia en una muestra de 500 piezas, bajo el título Recordos de xoguete, procedentes de la Fundación Raquel Chaves, con sede en Vigo.
Una colección de carácter único por sus dimensiones -acoge más de 12.000 referencias- que, a falta de un espacio propio mantiene dispersas por “trasteros, pisos de amigos” y varias salas del Verbum de Vigo “auténticas obras de arte”. Antonio Chaves, presidente de la fundación, expone así la necesidad de crear un museo del juguete -complementaría al existente ya en Allariz, de menor volumen- para dar cobijo a este patrimonio que son los juegos infantiles.
Piezas originales de 1800 contrastan con otras de los últimos años: la reproducción de Shirley Temple o Betty Boop (de los años 30) dan la réplica a una Nancy del 68 o la propia Barbie. Matices que vienen dados no sólo por la antigüedad sino también por la procedencia. Un intercambio con museos nipones permitió concluir que “jugamos igual en las playas de Japón que en las de las Rías Baixas”, apunta Chaves. ¿Ejemplo? Esas conchas de ostras a las que se les hacía un agujero para enganchar una cuerda y lanzarlas contra las olas como una honda. Esa “globalización” de la que hace Chaves protagonista al juguete se observa también en las mil versiones de los mismos juegos, como El mago electrónico, aquel de la varita que todo lo sabía, cuyas presentaciones apenas difieren entre España, Alemania o Portugal.
Es la propia Mariquita Pérez, con 70 años encima, quien encabeza este insólito regreso a la infancia a lomos de un caballo-triciclo de pedales de fines del siglo XIX. Tras ella: tartanas de 1914, peponas vestidas con papel de seda, máquinas de coser Singer, barquilleros, billardas, sonajeros pintados a mano, recortables hechos en Hergán (Vigo), bólidos Meccano, linternas mágicas, tiovivos exquisitos, diábolos, pistolas de pinzas, abanicos de la fortuna, cubos y palas de Fundiciones Rey, pupitres de madera con sus calentadores portátiles, globos de papel gigantes y coloridos firmados por diversas casas catalanas. Marcas pioneras como Borrás, Famosa, Rico, Nic o Payá, del que se exhibe un Bugatti que resulta ser “la obra cumbre de la hojalata”, subraya Chaves.
Mención aparte merecen los “tesoros” que la fundación se guarda aún en la manga. Entre ellos una donación de un ajuar de muñeca encontrado en la tumba de una niña cerca de Roma a la que se le atribuyen más de 2.000 años de antigüedad. Es, en definitiva, medio siglo de trabajo de campo que reconstruye retazos de historia. Chaves relata la adquisición de los muñecos que hacían los niños vascos refugiados en Gran Bretaña durante la Guerra Civil. Reproducciones de los bailarines vascos que vendían en las ferias para poder sufragar los gastos de los albergues. O una muñeca hecha con fieltro y trapo y rellena de corcho procedente “de un campo de concentración y que nos regaló la nieta de la señora que estuvo allí”.
El valor de la colección es, pues, “incalculable” a nivel “cultural, pedagógico y educativo, del otro no se puede ni hablar”. Lo demuestran las ofertas realizadas por particulares, como un hombre afincado en Madrid con una colección “impresionante de mariquitas pérez” que llegó a poner sobre la mesa 16.000 euros por una muñeca de la fundación que tiene la particularidad de haber aparecido en un sello de correos. Deferencia que comparten otras dos piezas más de esta muestra: una caja de canicas repleta de bolas de barro, piedra, cristal, mármol o acero rubricada por la firma Celta, una marca de betún registrada en Vigo y muy cotizada entre los coleccionistas. También el hidroavión de Garai de la fábrica de juguetes Payá, con fecha 1927, y que salió al mercado un año después del mítico viaje de Ramón Franco en el Plus Ultra, tiene sello propio.
Mientras hay quien enjuga alguna lágrima, otros cierran los ojos para rescatar los sabores de la infancia: aquella nata con pan y azúcar, leche con cascarilla o bocadillos de alcriques. Pintando o no canas, uno vuelve a pisar la calle saboreando un Sugus (cortesía del museo) y con la mueca triunfal de aquel último gol marcado en el futbolín familiar. Atrás quedan dos mujeres de avanzada edad cogidas del ganchete, una de ellas con bastón, que pegan la nariz a la cristalera de la pinacoteca y casi saltan al señalar un carro de madera: “¡Lo que yo monté en uno de ésos!”. Al pasar el trébole, el trébole, el trébole la noche de San Juan…

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2 Comentarios »

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